Volcán Tacaná, Chiapas

Reseña Escrita por: Edgar Avilés Lattuada
Fecha: 29 de Abril del 2018

El volcán Tacaná, considerado uno de los puntos más altos de la República mexicana, con una altura de 4,092 MSNM, está ubicado en la frontera de México (Chiapas) con Guatemala. Se distingue por tener tres diferentes ecosistemas: selva, bosque (media montaña) y superficie rocosa de alta montaña.

Llegamos a la ciudad de Tuxtla un viernes por la noche, rentamos un par de autos (eramos 7) y elegimos un sitio para dormir frente al Parque de la Marimba. Al día siguiente desayunamos con un rico café chiapaneco y emprendimos camino hacia Unión Juárez donde nos esperaba Morayma, madre de una Trepacerros de Monterrey, con un amoroso letrero de bienvenida que decía “El volcán de fiesta. Bienvenidos Trepacerros”, además de un inigualable servicio en su restaurante y hotel.

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Salimos a las 6:30 del hotel y con los primeros rayos de sol pudimos ver la montaña que nos esperaba, reuniéndose imponente frente a nosotros,  difuminada por las exhalaciones de la selva que hacían difícil ver la cima.

Nos acercamos con los autos al punto de partida y al amanecer tuvimos una vista muy bonita Tajumulco frente a nosotros, que es un volcán que está en Guatemala, el cual nos dijeron que era mas seguro subir en diciembre, cuando es visitado por varios montañista. En la mente de varios era una nueva meta, pues se decía que era mas alto que el Tacaná, pero seria algo para ocuparnos después.

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Antes de comenzar a caminar, acordamos  que haríamos una ruta subiendo por México y Bajando por la frontera con Guatemala. Nuestro puntos de partida fue el cantón Chiquihuite en Unión Juárez, a las 7:30 AM.

Iniciamos la caminata y nos encontramos con climas muy diferentes e impresionantes a lo largo del camino a la cima, comenzando con un clima templado y húmedo (yo usaba mayas deportivas y chamarra impermeable ligera) y conforme avanzábamos vimos diferentes especies de árboles, palmeras, helechos y flores que sumados a la ligera neblina que emitía la selva, nos hacían sentir en un ambiente un tanto prehistórico, diferente al que estábamos acostumbrados en otras montañas de México. El camino estaba marcado con senderos amplios (cabían dos o tres personas al mismo tiempo) y con flechas en letreros de madera. En todo momento escuchábamos el cantar de los pájaros e insectos hasta que se volvió parte de la experiencia y dejamos de percibirlo.

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Conforme avanzamos el grupo se dividió en dos. Yo quede atrás con Becca y Gio. Estábamos tan atentos a lo que la naturaleza tenia que ofrecernos que no nos dimos cuenta que habíamos salido del camino -que recordemos, estaba bien señalado- hasta que estábamos en una cañada con marcada vegetación selvática y en ese momento regresamos.

Continuamos subiendo y la vegetación cambiaba a árboles más altos y con mayor distancia entre ellos, lo que permitía que el sol entrara cada vez más ampliamente. La inclinación a lo largo del camino fue constante, aunque se acentuó después de pasar la selva. Encontramos diferentes animales, desde insectos que no solemos ver en montañas y lagartijas bastante grandes, hasta una manada de cabras.

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Durante nuestro recorrido nos llegamos a cruzar con personas que vivían en la montaña, familias con niños y adultos mayores. Fuera de ellos, no veíamos a más montañistas, pero conforme nos acercábamos a la cima, comenzamos a encontrar a más gente que había ido a subir el Tacaná. Algunos que evidentemente no estaban acostumbrados a subir montañas, ya cansados por la inclinación que en ese punto parecía de 45 grados, y otros sin equipo sofisticado pero subiendo constantes con muy buena actitud.

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Justo antes del último tramo hacia la cima hay un cráter con borde de roca de no mas de 2 metros y medio de alto por donde fácilmente se podía subir caminando. Era bastante amplio, mas que una cancha de futbol. En esta entrada al cráter había más gente descansado y un claro olor a orina y excremento humanos, además de basura de latas de atún, envases de bebidas y envolturas de frituras. Había algunas vacas y un toro pastoreando del lado izquierdo, alejados de la gente y del lado derecho un pequeño monolito blanco que marcaba la frontera con Guatemala. Frente a mi estaba el ultimo tramo que desafiaba las mentes agotadas por la subida. Era el camino a seguir para llegar a la cima, desde ese punto ya se saboreaba la satisfacción de llegar a la cumbre.

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Llegué. La cima tenía rocas grandes, casi nada de vegetación y unas estructuras metálicas que parecían haber tenido alguna función de telecomunicaciones en el pasado. Un compañero (Charly) las montó para posar en sus fotos declarando la conquista de la montaña.

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Lo interesante fue el descenso. Esta vez permanecimos juntos porque íbamos a regresar por una ruta incluso diferente a la que teníamos en nuestros mapas. Conforme bajamos, comenzábamos a adentrarnos en las nubes que antes estaban abajo de nosotros. Volvimos a entrar en la selva y en ocasiones la niebla no nos permitía ver mas allá de tres metros adelante de nosotros. Solo veíamos las sobras de los árboles altos envolviéndonos. La atmósfera era tétrica y emocionante, como si en cualquier momento fuera a aparecer algo inesperado. Y apareció. Justo en una bajada pronunciada, debajo de un árbol habían unas vacas y un toro con cuernos amenazantes. Comenzamos a rodearlos saliendo del camino y detuvieron su búsqueda de alimento y nos seguían con la mirada. Cuando por fin pasamos sin contratiempos me relaje y sentí la felicidad de la adrenalina no utilizada por mi cuerpo.

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Seguimos bajando por el territorio de Guatemala (Toniná) en donde  encontramos casas con familias completas, pequeñas parcelas y animales y mas abajo incluso una escuela, tiendas y comedores.  Avanzamos y vimos la línea de monolito blancos que marcaba la frontera entre México y Guatemala, en una pendiente de pasto verde. Es en ese punto que nos desviamos para continuar por un camino más definido que era  nuestra señal de que estábamos cerca del punto en donde Gio nos encontraría con los autos. Y así fue, comimos un tamal y rayamos la pared de la tiendita donde nos los vendieron (con permiso del dependiente) y bajamos al poblado de Talquian donde comimos elotes, mangos y tostadas de pollo antes de regresar a Unión Juárez.

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Desafortunadamente la basura era una constante en todo el recorrido, tanto del lado de México como de Guatemala. Al platicarle esta inquietud a Morayma, nos explicó que no solo es un problema de educación, sino que también se debe a que solo hay un camión recolector de basura para todo el poblado de Unión Juárez, y constantemente se descompone (ella tomó la iniciativa de bajar su basura en camioneta a Tapachula, la ciudad más cercana).

El recorrido duró aproximadamente doce horas con un desnivel aproximado de 2000 metros. En general es una experiencia única por la flora y fauna que ofrece esta montaña, además de la posibilidad de echar un vistazo a la forma de vida de las personas que por alguna razón viven a las faldas del volcán.

Edgar Avilés Lattuada

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