La Viga

Escrita por: Jelena Dolocek

En mi mochila me llevé guantes, protección solar, chamarra extra, sandwiches. El 14 de enero 2018, cuando salí de mi casa a las siete de la mañana con el amanecer apenas iniciando y el frío nocturno todavía presente, me preguntaba si realmente había llevado todo. Me esperaba la primera salida del semestre con los Trepacerros y a la Viga! con sus 3690 metros de altitud (es una de las montañas más altas de la región en Arteaga, Coahuila) y por eso estaba bastante emocionada!

Nos juntamos en el Oxxo, la gente sonriente y bien equipada, éramos un grupo de cincuenta personas, y una buena parte llevaba solo tenis. Algunos llevando piolet y guantes de nieve, para mi eso fue buen motivo para empezar a hacer bromas sobre que el piolet y pensé que solo iba a servir para la foto en la cumbre…

Partimos en una caravana de carros en un viaje de una hora y media. De mis compañeros en mi carro únicamente el conductor, Coqui, ya ha viajado con los Trepacerros. Con la música y gente linda la salida ya empezaba bien.

En la mitad del camino nos paramos para comprar unos panes dulces típicos de la región. Fu me dijo que los mejores son sin relleno, por lo que compre un paquete. Con los 1300 metros de desnivel en mente me comí uno de inmediato con muchas ganas.

Cuando llegamos al pie de la montaña, no parecía tan dominante. En los árboles se podía apreciar algo blanco, parecía que íbamos a encontrar pequeños restos de nieve…pero aún así no deje de hacer bromas de la gente que llevaba piquetas de hielo.

Después de una breve presentación del grupo, empezamos la subida. En la primera media hora las tres capas de ropa desaparecieron y los más valientes se dejaron sólo la playera. Acompañado por el sol, las primeras dos horas fue un camino de roca y tierra, muy inclinado a través del bosque. Después de la primera hora, el grupo ya comenzó a dispersarse, los “eeeeeeoooo’s” de atrás y adelante se escuchaban más lejos. Los guías con walkie-talkie en nuestra proximidad anunciaron que había gente que daba media vuelta, porque la montaña estaba un poco pesada y no iban tan preparados.

Desde el inicio Fu repetía la importancia de beber, ir en su ritmo, comer algo, y respirar profundo. Al cabo de la tercera hora ya todos nos dimos cuenta del porque, la altitud estaba siendo un reto inimaginable. Caminábamos más lento, la respiración era forzada y las pausas más frecuentes y largas. También los más deportivos y listos se adaptaron a ese ritmo.

Alrededor de la mitad del recorrido, aparecía la primera nieve por todos lados. Al inicio un poco oculta, pero al seguir avanzando se volvían grandes islas que todavía se podrían rodear y después se convirtió en hielo que cubría todo el camino. Personalmente, ya estaba luchando contra la altitud y la inclinación por un buen rato pero al llegar al hielo el cambio de terreno y ritmo me hizo muy bien, deje de pensar en la respiración y me concentré en como caminar y evitar caerme. Otras personas que no venían con el grupo nos dijeron que todavía faltaba una hora de camino hasta el pico, pensaba que era una broma. Al avanzar por el hielo empezamos a asegurarnos con las manos, y la subida se volvió más divertida. Alcanzamos a Alfredo quién estaba haciendo escalones y mejorando la condición del camino con su piolet, para que fuera menos resbaloso y que la subida se hiciera posible. Debo confesar que la mejor solución fueron los piolets, y que al final de cuentas fue esencial que los guías experimentados estuvieran preparados para la situación. Alfredo me prestó un piolet para picar hielo más rápido y todo el grupo siguió avanzando despacito hacia el cielo azul que ya se mostraba a través de los árboles.

Cuando llegamos a cumbre, el sol nos dio la bienvenida, seguido de una vista increíble por los montañas cubiertas de árboles que se nos reveló. Olvidamos el cansancio, nos juntamos la gente que ya habiamos llegado a la cumbre y comenzamos a comer. Todos empezaron a compartir totopos, cacahuates y dulces; yo con mis sandwiches parecía obviamente muy europea (porque al parecer nadie llevaba tanta comida, tan rica y creativa). Subímos al mirador que estaba cerca para tener una mejor vista y ¡Estando tan lejos se podía observar el Cerro de la Silla! Después de una pequeña siesta y la famosa foto de cumbre de los Trepacerros, comenzamos la bajada.

La primera caída por el hielo (o según yo: un break dance move) no tardó mucho y algunas otras siguieron hasta que pasamos el hielo detrás de nosotros. Cantando y acompañados de buenas conversaciones y malos chistes, bajamos con mente serena, nuestros “eeeeeeoooo’s” perdidos en el silencio del bosque, y de respuesta solo el eco del vacío.
Por fin llegamos, con los últimos rayos del sol en la espalda, a donde salimos ocho horas antes, cansados pero satisfechos. Esperamos una hora más hasta que los últimos terminaron el descenso. Preocupados por el frío nos escondimos en nuestros carros y regresamos a Monterrey, hablando de lo invaluable que es de escapar de la bulliciosa ciudad, aunque sea sólo por un día.

Llegamos a Monterrey a las 8:30 de la noche y concluimos el día con una rica comida en “el semaforo”. En poco tiempo, todas las mejillas se volvieron rojas por el calor del puesto, y los bien merecidos tacos.

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