Pico Tinajas

Reseña escrita por: María José “Valiente” Escobar
Fecha: 30 de Octubre del 2016

Todo comenzó a las 5:00 AM del domingo 30 de octubre al despertarme para empezar una nueva aventura en compañía de otros ocho excursionistas: “la tía” Isabel Núñez, Gabriela Pulido, Mandy Ramírez, Héctor Curcho, Héctor Ferreira, Omar López, Angélica y Rob van der Santos como guía con su asistente personal, Guante.

Nos reunimos a las 6:00 AM en el sitio habitual y entre nuestro cotorreo madrugador resultó que era la primera vez de todos en el Pico Tinajas, igualmente comentamos la reseña pasada en la que se nos advertía de las garrapatas, que hasta entonces, era lo único que verdaderamente nos preocupaba, por lo que nos protegimos una mezcla de tabaco y alcohol como repelente antes de empezar nuestro recorrido.

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Así pues, iniciamos alrededor de las 8:00 oliendo a fiesta de pies a cabeza con paso firme y rápido temerosos de ser abordados por la garrapata durante 3 kilómetros aproximadamente.

El inicio del ascenso nos topamos con algunas rocas no muy grandes pero si molestas, sin embargo este tramo del camino fue bastante breve y continuamos por una vereda muy amigable, sin espinas y bien marcada.

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Durante el ascenso comentaba a mis compañeros que la vereda no me parecía tan pesada como en otras montañas, debido a que en esta ocasión íbamos en zigzag y la pendiente no era muy elevada. Por otro lado, a pesar de que los árboles hicieron sombra durante gran parte del camino, la humedad provocaba un ambiente bochornoso y necesitamos estar hidratándonos constantemente.

Caminamos durante unas horas por la vereda que seguía bien marcada para llegar a un pequeño refugio donde nos reagrupamos y comimos un poco para recuperar energía y continuamos nuestra travesía que se tornaba cada vez más incierta.

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Continuamos el ascenso y resultó que el camino ya no era camino y nuestro guía, Rob, iba y venía para informarnos cuál era el camino correcto y proceder por el mismo. Así continuamos por algunas horas mientras el hambre es cada vez más pero debido al límite de horas de luz no podíamos parar a comer sino hasta llegar a la cumbre.

Al darnos cuenta de que ya traíamos el tiempo encima, acordamos que continuaríamos 40 minutos más intentando llegar a la cima y de no ser así regresaríamos sin hacer cumbre. Esto nos motivó a algunos para acelerar el paso, pero algunos ya veníamos bastante cansados y Omar, tenía problemas con calambres constantes y a duras penas seguía caminando.

Debido a la prisa, el hecho que no había vereda y que teníamos abrirnos camino entre los árboles que se negaban a dejarnos pasar, nos separamos y dispersamos en un laberinto de ramas, pero siempre continuamos hacia arriba. Personalmente, encontré este momento muy frustrante pues no sabía realmente a donde me dirigía y al hacer el llamado de “eo” no obtenía respuesta alguna.

Finalmente, con golpes de ramas en la cara, piernas acalambradas, tobillos doblados y ampollas, todos logramos llegar a la cima motivados por diferentes causas y superando el poder del cuerpo con el de la mente. Evité ver la hora durante todo el trayecto para evitar el ansia, pero al final resultó que tardamos alrededor de seis horas en llegar a la cumbre, donde tomamos un merecido descanso a 2293 metros de altitud, con un clima increíble y donde a pesar de las nubes tuvimos un poco de visión hacia la ciudad y un bonito relieve de nubes.

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Partimos unos minutos después para iniciar el descenso, y fue hasta entonces que me dí cuenta de lo mucho que me dolían los pies y que las ampollas ya estaban haciéndose notar, aun así era consciente de que no había tiempo que perder pues las horas de luz no serían suficientes para terminar el descenso pero queríamos aprovecharlas al máximo.

Atravesamos los laberintos de árboles, esta vez más pegados unos de otros y con mayor rapidez y evitamos algunos tramos trabajosos rodeándolos y continuamos bajando por el mismo recorrido por el que veníamos.

Tomamos un descanso en una planicie cerca del refugio que se veía muy “acostable” y algunos nos quitamos las botas por el dolor que teníamos y tratamos de cubrir las posibles ampollas con cinta (no se veían porque todo el pie estaba rojo) y continuamos el descenso.

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Empezaba a oscurecer y no faltaban menos de dos horas para llegar, así que algunos empezamos a desesperarnos, sobretodo porque no todos teníamos headlamps y veníamos muy cansados, maldiciendo hasta el aire, eso sí, muy bien formados para que todos tuviéramos luz.

Así continuamos y sentíamos que las luces de la ciudad nunca se acercaban y no estábamos bajando suficientemente rápido, pero continuamos con varios tropiezos y caídas un poco más pensando en la camita que nos esperaba en casa hasta que en un momento nos detuvimos porque Omar comenzó con malestar y nauseas, creímos que fue por no haber comido bien (perdón por comernos-comerme- tu docena de tacos), pero continuó caminando después de algunos cacahuates, en eso, Héctor Ferreira me comentó si recordaba la cerca en la que nos habíamos detenido y le dije que no, y empecé a preocuparnos ¿Y si en realidad nos habíamos equivocado de camino y teníamos que caminar más?¿Y si me hago la desmayada para que me carguen?

Caminábamos más y más hasta que vimos una luces de una camioneta con las luces encendidas y yo dije “¡Que nos den ride!”, pero sinceramente, con pocas esperanzas, entonces alguien dijo “¡ES FUGAZ!” y yo pensé que era una broma por dos segundos hasta que todos en frente de mi empezaron a caminar rápido, y qué sorpresa que ¡Los trepacerros por fin dijeron la verdad y sí era el señorón Leonardo Zamora al rescate de los pollitos!

Obviamente todos fuimos agradecerle y algunos hasta lo abrazamos, y antes que nada dedicarle un “Nos has salvado, estamos agradecidos” (Toy Story, 1996) por evitarnos una caminata entre piedras de unos tres kilómetros hacia los coches por donde había bastantes piedras que no hacían bien a nuestros piecitos ya deshechos.

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Y así con esta bellísima historia de rescate concluimos el recorrido por el –inserte maldición- Pico Tinajas alrededor de las 8:30 PM que ,aunque a algunos nos cobró la estabilidad física y emocional, también nos dejó un bonito recuerdo, paisaje, formas, olores y  bromas inolvidables además del ejercicio de trabajar la mente sobre el cuerpo.

Respecto a las garrapatas, el saldo hasta ahora es cero y las ampollas ya se convirtieron en callos, así que todo bien.

Saluditos de su tía

María José “Valiente” Escobar.

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