Monte Tláloc – CDMX

Reseña escrita por Naayeli Ramirez Espinosa
Fecha: 15 de mayo de 2016

Hace unos días cinco diosas a veces malvadas y a veces cándidas se reunieron con un guapo explorador para subir a la cima del monte Tláloc. Para guardar la anonimidad de los protagonistas de esta historia llamaremos a las diosas Ale, Dani, Dulce, Ali, y Naaye. y al guapo explorador lo llamaremos Diego. La montaña era un misterio para todos, aún y cuando es cercana, accesible y retadora y cientos de personas suben a su cima a visitar el templo del dios de la lluvia y a observar el majestuoso espectáculo de la montaña fantasma en febrero de cada año. La noche anterior a la expedición, el rey Mancera prohibió el uso de ciertos carruajes y los seis viajeros viajaron en un jetta blanco de una empresa amable.

Una fuerte tormenta se avecinaba pero la expedición lejos de ser cancelada partió de la Ciudad-que-antes-era-un-lago-hermoso lo más tarde posible. Tomaron la autopista a Texcoco y de ahí el camino empedrado a San Pablo Ixayoc. Después de recorrer unos 2 kilómetros desde Ixayoc hacia la montaña dejaron el jetta en el páramo conocido como “El Jardín,” en donde se reúnen varios caminos y pasa una canaleta de agua. No se encontraron con otros exploradores más que en este punto, algunos de los cuales habían acampado la noche anterior. Comenzaron a subir unos minutos después de las once de la mañana con dirección al este, y un poco al sur, siguiendo una ruta marcada en GPS de unos exploradores que al parecer habían muerto buscando conquistar la preciosa cima, o tal vez simplemente desistieron en su intento.

Desde el principio la pendiente fue considerable pero los exploradores se divirtieron todo el camino. Platicaron con las hadas y les compartieron fresas, rieron abriendo el cielo y platicaron sobre los castigos, bromas y nuevos amores que les deberían caer a sus ex-amantes. La ruta marcada del GPS los llevó campo traviesa por lo que caminaron debajo de un bosque de pinos altos con formas de antiguas bestias congeladas y entre pastos sedosos que sólo se dan en las alturas y que son tan complacientes que se prestaban como escalones para el temerario grupo. Una brújula vieja, un artefacto desconocido para los exploradores más jóvenes y listos, les guió parte del camino. Después de 10 kilómetros recorridos y dos horas y media de caminar, llegaron a las partes altas de las montañas. Ahí, al buscar el templo en el horizonte y no encontrarlo titubearon pero al poco rato llegaron a la más-alta-falsa-cumbre del día y descubrieron el templo; éste estaba más hacía el sur de lo que lo esperaban y del otro lado de un risco de alrededor de siete metros de altura. En ese momento el dios Tláloc hizo caer la tormenta, bajó la temperatura considerablemente y dio la bienvenida al grupo con blancos granizos. Las diosas se cubrieron con guantes de lana y suéteres de llamativos colores y aparentaron encanto en su recibimiento.

Como verdaderas cabras los exploradores desescalaron la pared este del risco y continuaron por una calzada más amplía hacia el templo. Al llegar ofrecieron sus ofrendas en el centro ceremonial más alto de toda mesoamérica. Caminaron por una calzada limitada por paredes de piedra y bebieron con el dios Tláloc un fino licor de damiana. Después de terminar de beber todos juntos y ofrecer sus sacrificios, decidieron tomar un descanso en un refugio abandonado que se encuentra cerca de la cumbre, al lado de una antena. Habían hecho cuatro horas de ascenso. Al llegar al refugio, todos compartieron sus bocadillos y se cubrieron con todas las capas de ropa posibles, dejando a un lado el encanto simulado para las masas que no las observaban. Mientras afuera, el blanco granizo cubrió el terreno y pequeños riachuelos y charcos se formaron por doquier. Después de unos treinta minutos, y de que la tormenta amainara, el grupo empezó su descenso trotando.

El viento, agua y granizo se detuvieron al poco tiempo. Para bajar decidieron tomar el camino más conocido y amplio. Todos trotaron y caminaron varios kilómetros saltando y cayendo en charcos de agua helada y respirando el aire más limpio de todos los tiempos, el que todos en la Ciudad-que-antes-era-un-lago-hermoso querían respirar. Después de una hora y media de bajada, el grupo llegó a un centro turístico del ejido de Tequexquinahuac. Platicaron con un caballero y se informaron de la posibilidad de rentar cabañas y acampar. Desde ahí siguieron un camino más pequeño que acompañaba una canaleta de agua. Todos disfrutaron por más de una hora el ruido del agua de la canaleta, el bosque que los cubría y la vista de las montañas al norte. Observaron un par de conejos y compartieron unos doritos. Eran casi las siete cuando Ale y Dani saltaron de gusto y contento al llegar al Jetta. Habían recorrido más de 25 kilómetros en total y subido y bajado un desnivel de 1300 metros. Todos se cambiaron a ropa seca y regresaron a la Ciudad-que-antes-era-un-lago-hermoso siguiendo –casi- el mismo camino que habían seguido de venida y platicando sobre deliciosas recetas para cocinar.

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