Mina de las Escaleras

Reseña escrita por Mikel Celaya
Fecha: 3 de Agosto de 2014
Título alternativo: “La magia de las Mitras”
Fotos: Mikel Celaya
Participantes: David Salas, Leire Azpilicueta, Mikel Celaya, Sheryl Rizzo, y Leonardo Zamora

Me gustaría compartir con ustedes estas preciosas líneas, que describen la inmensidad de las emociones vividas en la maravillosa Mina de las Escaleras.

Son las 7am en la pantalla de Telcel, mientras Leiraros y Mikelaros se miran extrañados. Todo es raro esa mañana. Después de levantarnos sin pereza aparente, hemos preparado el equipo para ir a no se sabe donde. Es curioso preparar la mochila con destino incierto. Al finalizar de desayunar, por si acaso, un nuevo chute de energía. Algo barruntaba dentro de mí, intuía que hoy iba a ser una aventura. Una aventura de verdad. Bien untados de bloqueador para el siempre tórrido sol, incomprensiblemente, las nubes tapan el bonito cielo de Monterrey, a nuestra salida del departamento. Unos jovenzuelos en playera de colores con bloqueador hasta en las cejas, surcando el camino que les separa del lugar de la juntada, con todo el equipo a cuestas. Cuando todos estos indicios se juntan y para colmo, Fu queda completamente dormido y debemos ir a despertarlo… efectivamente, pónganse el disfraz de guerrero. De veras, lo van a necesitar.

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Sheryl hace de despertador y el rugir de la camioneta de nuestro compadrito el señor David Salas (“la gacelita” Salas para más señas), nos lleva serpenteante, a través de las intransitadas callejuelas mañaneras rumbo a recoger a nuestro querido tito Fu. Tenemos el gusto de compartir con sus hermosos perritos, un entrañable ratito mientras nuestro amigo prepara su equipamiento. ¡Que majos son, te dan la mano y todo! Snoopy es un poco cabroncete pero te echas unas risas con él. Momento de decidir qué hacemos. Ideas surgen de los presentes, hasta que sin más sentido que el de disfrutar de un día apasionante, nos dirigimos rumbo a Mitras, rumbo a sus profundidades.

Recordaba Mitras más amable, pero esta vez, nos recibió con nubarrones que preveíamos pronto se evaporarían, con los primeros rayos de sol. Hay una máxima en la vida que os recuerdo para que la tengan presente en otras ocasiones. Si el cielo torna amenazante, es que lo es, pero no avancemos acontecimientos. Incomprensiblemente, de nuevo, algo dentro de mí, me pide caña. No se qué debo tener por ahí dentro en las entrañas, pero tiene que estar tonto. Tonto de remate. Agarro una de las cuerdas y a la mochila. Hay que entrenar, ¿no? Pues leña al mono que es de goma. Frasecita que viene a mi mente, siempre que las fuerzas se me escapan. David se ata otra en la mochila y entre los demás, se reparten la inmensidad de fierros, con los que se podrían abrir infinidad de rutas en el Half Dome o en el Capitán, allá por Yosemite Valley.

Después de registrarnos en la caseta del guarda, la vereda, completamente empapada y fangosa, nos da su bienvenida. Trazamos pequeños pasitos coquetos sobre el chocolate hasta salir de la planicie y comenzar a elevarnos. El terreno comienza a subir gradualmente, proporcional a los latidos de mi adormilado corazón. Entramos en trance, un trance bañado en historias, en pequeñas anécdotas. Batallitas que vivimos años atrás, haciendo que la subida permanezca en segundo plano. Ese automatismo que conforma un ritmo placentero, donde todos nos reímos recordando aquellos episodios graciosos del pasado.

P8030015Ya les he anticipado que algo era raro aquella mañana. De hecho, estaba “on fire” como se suele decir y obligaba a nuestro guía a seguir. Non stop. Vamos a darle caña, caña de la buena. Aprovechábamos los pequeños descansitos del terreno para relamer el tubito de la bolsa de hidratación, buscando esas gotas de agua que nos daban la vida, mientras divisábamos de nuevo, el cambio de pendiente y lo que se aproximaba. Surcábamos la vereda, ensimismados, a ritmo tranquilo pero nada pausado. Recuerdo que el chorreadero característico, lo salvamos como el que camina por el parque. A todo esto, nos encontrábamos dentro de una espesa neblina. El atravesar los estrechos y frondosos pasos, nos hacia gozar de la lluvia concentrada en la naturaleza del lugar. Se sentía increíble esa ducha en el esfuerzo de la subida. Aplacaba el cansancio acumulado y te daba alas para seguir en la lucha. El paso de las bicicletas, completamente humedecido, nos hacía extremar las precauciones para evitar el fatídico desliz. Al llegar a la entrada de la boca del túnel, encendimos las lámparas frontales de nuestros cascos e hicimos de guías improvisados en la negrura, a unos intrépidos jóvenes sin ninguna luz, exceptuando las de la pantalla de sus móviles. Después de enseñarles un poquito el lugar, cada grupo continuó su camino.

Salimos al lado contrario desde las profundidades del túnel y seguimos el camino, que pronto torno bastante vertical. Recuerdo esta parte como un sin vivir. De hecho me cansé más en esta sección que en todo el resto del recorrido. Ahora sí que sí, me acordé que llevaba la cuerda y los hierros en la mochila porque cada paso se convirtió en el desafío del patinador, que primerizo se dispone a salir a pista. Resbaloncitos coquetos, manos a tierra, y la ayuda de alguna humilde raíz, consiguieron llevar al que les habla hasta las alturas, donde daba comienzo la ansiada Mina de las Escaleras.

La bruma del ambiente dificultaba enormemente vislumbrar la entrada de la cueva. Dicha entrada se encuentra al final de una escaladita ayudada por un cable blanco que reconocimos desde abajo. Sheryl, nuestra afamada escaladora, tuvo que ceder su punteada, ante mis continuas e incesantes súplicas. Estas son precisamente las escaladitas que más me gustan. No son de dificultad, son de compromiso. La vegetación del lugar, el barro de las zapatillas, no hay seguros ni posibilidad de inventárselos, para una vez arriba, comprender que el cable de nada sirve y que el arte precisamente consiste en dejar atrás los miedos. Esos miedos que nublan tu mente y no te permiten razonar correctamente. Nunca busqué números ni desafíos, nunca me apasionó la escalada por su dificultad, lo que me cautivó, fueron esas sensaciones, esas emociones, ese momento en el que eres tú y nadie más que tú. La mente y el cuerpo es pura armonía y te sientes libre, sientes la calma y la concentración absoluta.

P8030017Con un poco de tranquilidad y leyendo el camino menos arriesgado, conseguí llegar hasta el comienzo del cable. En ese momento, me cercioré que aquel cable era más moral que práctico, ya que en caso de caída, es imposible sujetarse en él. Fino, estrecho y recubierto de plástico, una sirga estúpida a todas luces. Haciendo un poco el orangután, en unas presas diminutas en mi imaginación, inmensas en la realidad, logré alcanzar la reunión situada en la entrada de la cueva. Aturdido en tratar de encontrar el famoso puente donde montar la reunión para mis compañeros, volteé la vista y vi caer la bandola que llevaba entre mis manos. Supongo que vi caer es la explicación a que la dejé caer de mis manos, pero vi caer suena mucho mejor, ¿verdad? Un poco de imaginación, el mosquetón del Tibloc y mi cabo de anclaje, hicieron el resto y como por arte de magia, la famosa reunión estaba lista para ir asegurando uno a uno a la bandita chida que esperaba expectante. Con más arte que el mío, en un abrir y cerrar de ojitos azulados, todos nos encontrábamos ataviados con nuestras mejores galas para entrar en las profundidades de la mina.

La luz tenue de nuestras lámparas, iluminaba las oscuras profundidades de la cueva hasta llegar a un hermoso pozo. Simplemente espectacular. Una chulada. Efectivamente y como todos imagináis, este es el comienzo del primer rappel rumbo al inframundo de escaleras rotas que nos esperan en sus entrañas. Cuerdas al vuelo y comenzaron los malabares para salir de la reunión, que forma un techo curioso en el que el rappel es volado hasta abajo. La verdad es que es más espectacular que difícil. Una vez que dejas correr la cuerda, lo demás, es puro disfrute. 40 metros dibujando con tu lámpara formas en el pozo y tarareando la mejor de tus canciones. En mi caso la elegida fue “I feel good” de James Brown. Imborrable el embrujo de su singularidad. Sublime.

Después de recuperar el equipo, imagínense por un instante, que graciosa cara se te debe quedar si la cuerda no cae, tratamos de explorar las formaciones de su interior. Amontonándonos un poco, conseguimos meternos todos en una preciosa fisura, donde las formaciones acaparan sus hermosas paredes. Después de la secuencia de fotos y videos, además de las risas del personal, conseguimos zafarnos de dicha estrechez, buscando la salida de la mina. Les anticipo que no tengo palabras para expresar dicha salida. Sencillamente, les invito a que vayan y disfruten de esa sensación de estar en la estrechez y negrura de una galería y aparezca ante ti, su inminente salida. Aéreo es poco. La nubosidad nos impedía admirar el panorama. Monterrey a nuestros pies se escondía detrás de una fina capa de nubosidad, que a duras penas, trataba de disiparse. De vez en cuando, disfrutábamos del hermoso balcón, preguntándonos en nuestras cabecitas, si de verdad era ésa, la verdadera e inevitable salida. Si te gustan las alturas y las vistas, de un rappel volado de 60 metros, créeme que vas a ser el hombre más feliz del mundo.

Montamos reunión y nuevamente David, después de las fotos de rigor, sería el encargado de encabezar la bajada, simplemente por el hecho que él ya la conocía. Si es la primera vez que tienes que bajar por ahí y no estas seguro completamente que tu cuerda llega, te aseguro que se te ponen de corbata. Es innegable reconocer, que nosotros, que sabemos completamente que tenemos el material necesario, también nos auto-cuestionamos estas mismas inquietudes. Para nuestra sorpresa, justo cuando perdemos de vista a la gacela voladora, después de los selfies de rigor, comienza una lluvia de película de terror. De la nada, comienza a caer de lo lindo y ya no parará en toda la bajada. Una hermosa tormenta nos baña sin piedad, mientras permanecemos en la inmensidad de la nada, colgados de la cuerda que permite nuestra vida. Como pájaro surcando el aire, con las vueltas de rigor del rappel volado, alcanzamos el cobijo de un techito, que nos permite reorganizarnos, escondidos de la lluvia alborotada. La experiencia vivida es algo mágico, es algo que recuerdas el resto de tu vida. Flotar en la nada, bajo la cascada absoluta de la lluvia, completamente empapado pero feliz, feliz de estar justo en ese instante de calma, tarareando “singing in the rain” mientras alimentas el descensor y te precipitas en el vacío. ¡Levántense del sofá!, ¡despiértense ya! y ¡sean felices! ¡Vivan!

P8030022La vereda es un cúmulo de agua, barro y piedra resbaladiza, por lo que bajar se convierte en el más divertido de los patinajes soñados. Olvidas todo por un instante y dejas que la gravedad te ayude, que las zapatillas resbalen y la naturaleza te ayude a frenar. Abrazas los troncos de los árboles como un flotador en el mar agitado y picado. Nuevamente, deslizas tu cuerpo hasta el siguiente descansillo. Al principio, te sientes ridículo, peleando contra los elementos y el equilibrio por no caer. En unos minutos, todo fluye deprisa, sin pausa y apenas lo percibes, se vuelve un automatismo innato a tus sentidos. A estas alturas, nuestra gacelita aprovecha cada charco de agua del camino, para mojar de lo lindo a Sheryl, que seguidamente hace lo propio, comenzando una batalla que su karma no perdonará. Mis mangas Trepacerros, en los brazos de nuestra amiga, son el testigo embarrado de dicha tortura. Nos apresuramos vereda abajo, sin perder instante, bañados por una lluvia constante y el crepitar del agua desprendida a nuestro paso, por la naturaleza del lugar. Decidimos que el camino tradicional de subida es una locura dadas las condiciones. Para evitar caer en sus protuberantes rocas verticales, optamos por la vereda que los mineros tradicionalmente utilizaban para bajar el resultado de la explotación, mediante animales de carga. Como se imaginarán, dicha vereda es mucho menos vertical, puesto que se compone de un largo y elegante zigzag, pero mucho más asequible en condiciones húmedas, infinitamente empapadas. La carrera se inicia en la bajada. Los diablillos David y Sheryl se lanzan en una desenfadada trotada rumbo a la ciudad, que se extiende allá muy abajo, entre la característica bruma que nos acompaña en toda la jornada. Disfrutan como enanos mientras van grabando las secuencias de la bajada a ritmo hipersónico. Tiempo después, cuando vuelven a la velocidad de crucero, lo que viene siendo el paso de los normales, una piedra en el camino, detiene bruscamente su marcha.

Los famosos tres pitidos de emergencia o peligro suenan entre el bullicio de la lluvia. Fu, Leiraros y yo, nos miramos sorprendidos, preguntándonos si ciertamente fueron tres pitidos o simplemente eran unos pitidos para controlar la distancia de disgregación del grupo. Un poco alarmados, encontramos en la bajada a David subiendo, preguntando por un botiquín. Mal rollo, fue lo primero que pensé. Sheryl se ha caído, una herida, sangre… Por suerte, siempre llevo mi pequeño botiquín encima, pero nunca espero utilizarlo. Esta vez, nos echó una mano salvadora en el momento de tensión. Me dejé llevar al galope, por el camino descendente, a la mayor celeridad que mis pobres maltratadas piernitas me permitieron, hasta alcanzar el lugar del fatídico accidente. La encontré con la mano apuntando al cielo, por lo que comprendí de inmediato, que la herida se había producido en el brazo y la postura era para evitar la hemorragia. Graciosamente, le pregunté si era necesaria la utilización de la punzante aguja, a lo que respondió afirmativamente. Una alarma saltó en mi mente que automáticamente me recordó que mantener la calma, era lo único necesario. Examinamos la profunda herida en la base del dedo pequeño y con alguna toallita húmeda, tratamos de cauterizar lo máximo posible la zona. La incesante lluvia y el maldito barro, no ayudaban en la operación. Pusimos una curita sobre la herida y con un buen montón de esparadrapo, conseguimos un vendaje provisional, que le facilitara la bajada hasta la obligada visita a los señores de la Cruz Roja. Como si nada, se puso en pie, se anudó un pañuelo del tito Fu y para abajo.

La bajadita coqueta, se convirtió en una constante marcha sin paradas, hasta alcanzar la salida en una extraña calle. A estas alturas, las mangas que le presté, le estaban cortando la circulación de la sangre en sus forzudos brazos, por lo que decidimos liberarle de la angustia, pese al punzante dolor, al pasar su mano por la abertura. Está muy fuerte la niña. Un poco más y deja completamente cedidas mis añoradas mangas. El utilizar una vereda diferente en la bajada, sabíamos que nos alejaba del lugar de entrada característico de Mitras, donde la camioneta aguardaba nuestra llegada. Tentando un poco la suerte, tratamos de salvar la distancia sin perder altura, hasta que una hermosa puerta candada, frustró nuestras intenciones. No quedaba más remedio que bajar y volver a subir las empinadas calles, que nos separaban unos kilómetros de la ansiada troca. La gacela sacó el arte de su chistera y dejándome su mochila, salió en estampida carretera abajo, en busca del salvador vehículo. Están fuertísimos estos chiquillos.

Bajo la lluvia, al menos disfrutábamos de las cascaditas de agua, que se aventaban por la propia carretera, para lavar nuestras enlodadas zapatillas, mientras nos íbamos acercando al punto de recogida. La verdad es que estos momentos, que otras veces se me hacen eternos, esta vez se me pasaron volando. Disfrutaba con las miradas furtivas de los carros al pasar a nuestra vera. El grupito ataviado con graciosos cascos y hermosas mochilotas, completamente empapados, sabiéndose astronautas a sus ojos, les deleitaban con una sonrisa de oreja a oreja. La camioneta nos recogió en un instante y amontonados en su cajuela, nos dirigimos a la entrada de Mitras para registrar nuestra bajada. Después del necesario cambio de ropa (Gracias Fu por prestarle el short a Leiraros), y ya al menos un poco menos húmedos, fuimos a visitar a los famosos señores de la aguja. Una vez todos cosidos, bueno, al menos el dedo de la muchachita, nos dirigimos a satisfacer nuestra voraz hambruna fruto de 8 horas sin parar de disfrutar, ni tan siquiera para degustar una triste barrita. Yuli y Rob se unieron a la fiesta de la hamburguesa, en el fantástico Manhattan’s. Lugar entrañable, donde después de una sesión de fotos, entre risas y sonrisas nos despedimos hasta futuras aventuras.

P8040024Sí señores, este es el final de esta entrañable aventura, donde las emociones y sensaciones adquirieron talantes increíbles, en el transcurso de la apasionante Mina de las Escaleras. Si tienen la oportunidad no se la pierdan, solo recordarán la felicidad en lo más profundo de su ser.

Nos vemos al ratito, seguro

Mikelaros

Pd. Sheryl recupérate lo antes posible para volver a disfrutar de la vida aventurera.

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