Nido de los Aguiluchos

Reseña escrita por Mikel Celaya
Fecha: 26 de Julio de 2014
Título alternativo: “Regreso a Monterrey”
Fotos: Mikel Celaya
Participantes: Giovanni Varela, Leire Azpilicueta, Mikel Celaya, Joaquín Cisneros, Alejandro Pantoja, y Leonardo Zamora

De nuevo, una mañana cálida despierta el rugir de una manada de intrépidos montañistas. La pantalla de Telcel es el pistoletazo de salida para disfrutar de una bellísima jornada en la montaña, bañados por el implacable sol veraniego. El nido de los Aguiluchos es el destino idílico seleccionado, fruto de un amoroso recuerdo de quien tiene el gusto de escribir esta reseña.

Allá por el 2008, don Teporingo nos sacó a pasear por esos místicos lugares escondidos, en las proximidades de nuestro precioso campo base, la ciudad de Monterrey. En una vigorosa colina en las proximidades de la Huasteca, se esconde un mundo de fantasía para los sentidos. Se trata de una cueva que atraviesa la pared, surcada por bonitas vías de escalada. Para alcanzar su ansiada sombra, basta con rappelar desde la cumbre de la montaña. Atravesarla y de nuevo rappelar hasta su base. Lo que me fascinó en aquella ocasión, fue la hermosura del lugar, ese oasis de relajo tan próximo a la ruidosa urbe. Esas sensaciones en el vacío al verte sometido a la gustosa gravedad, mientras con brío tu mirada busca la escapatoria en la cueva escondida en la inmensa pared. Recuerdos del disfrute, del placer de experimentar el sentimiento de libertad, que aquella dichosa cuerda te regala.

Mikel y Leire en el puerto / collado
Mikel y Leire en el puerto / collado

El carrito estaba completo aquella esbelta mañana. Juako, Gio, Fu, Leiraros y Mikelaros se afanaban en no verse atrapados en sus asientos, mientras recorrían temprano, las apestosas calles de la ciudad, con el único fin de comenzar a dar rienda suelta a sus ansiados placeres. Al llegar a la alejada colonia, desde donde parte la vereda ascendente rumbo al Nido, preparamos los enseres para tan bonita aventura. Un poco de bloqueador, mucho agua y un sinfín de hierros, arneses y cascos adornaron las mochilotas, a la espera de nuestro querido Pantoja. El llegar tarde tiene su precio y sonrientes, le hicimos obsequio del bonito collar Trepacerros de 60 metros, que gustoso, aceptó en subir. Su compañera, la segunda cuerda, le tocó a Gio, simplemente porque no pudo callar en el viaje de carro, que era un habitual y apasionado de la bici. Ni modo, se buscaban voluntarios, ya teníamos a los dos necesarios.

Al cruzar la carretera, disfrutamos de esa última bocanada de aire fresco, para ya después, enfilar la eterna subida hasta el puerto donde comienza la aérea cresta. En ese momento, me percaté, que la humilde playera blanca seleccionada para la ocasión, chorreaba sudor a mares, como si de un cañón tratase la aventura, sin ni siquiera haber comenzado la verdadera subida. Ese fue uno de esos momentos en los que la mente juega con tus percepciones y esos miedos escondidos afloran ante ti, por desgracia. Primera salida de verdad, de nuevo en México, por lo que la adaptación corporal al inmenso calor cuesta más de lo deseado. Implacable buena vibra a cada paso, logra olvidar esa desagradable sensación, para que de un plumazo y con unos grandes sorbos de agua, alcancemos la primera parada, protegidos por la enorme roca característica del lugar. Momento de alzar los cascos al viento y comenzar la penitencia del chorreadero que nos da la bienvenida, gustoso de vernos jadear. Se suceden una serie de zigzags, para ya sí, presentarnos en la mitad de la subida en lo que suele convertirse en el segundo descanso, un poco antes de alcanzar las mayores pendientes hasta el collado.

Leire y Joaquín en la Arista
Leire y Joaquín en la Arista

El grupo en este segundo tramo se ha ido disgregando. Tratar de navegar entre las piedras y la verticalidad, con los hermosos collares a la espalda, es algo doloroso de vivir y bonito de recordar. Por ello, en un ataque de locura, me veo feliz de agarrar y cargar la cuerda de Gio. A cada paso posterior, me pregunto qué dichoso estúpido ser debe haber dentro de mí, que disfruta de ese penoso esfuerzo, que le agrada hacer eso que la gente “normal” seguramente llamaría estupidez, locura. Lo malo no es que disfruto como un enano con juguete nuevo, sino que me encanta, me llena, me apasiona. Me hace ser feliz, libre. Me hace vivir.

Un poquito de equilibrio sobre las hermosas lajas, nos hacen ganar desnivel paulatinamente, hasta ya, en un abrir y cerrar de ojitos azulados, alcanzar el bello collado, donde comienza la aérea cresta hasta la reunión para el rappel. Un poco de agua a la espera de juntarnos todos de nuevo y las pertinentes fotos del lugar, nos entretienen disfrutando y rememorando pequeñas historietas de años atrás. Unos graciosos videos después, nos colocamos el arnés, y poco a poco le vamos ganando metros a la preciosa arista rocosa. Buscando su cima, circunvalamos pequeños gendarmes con sendas trepaditas, hasta alcanzar lo que algunos coronaron como cumbre. No en vano, triste bandera alzaron a los vientos en aquel incorrecto lugar. A los pies de la bandera, una bajadita con curioso patio y un poco de equilibrismo barato, nos depositan en la escaladita final. Se trata de un murito de unos 4 metros surcado por una fisura aparente, que hace las delicias de nuestros gustosos sentidos. Disfrutamos como enanos para darnos cuenta que, en aquel bonito lugar, finaliza nuestra hermosa subida. Unos cables y plaquetas, atisban la esperada reunión, desde donde experimentaremos el gustoso arte de volar. De vislumbrar las preciosas vistas de la Huasteca, desde la altura. De sentirnos aguiluchos por un día.

Giovanni
Giovanni

Nuestro entrañable Panto, se encarga de preparar la reunión y de un plumazo, lo perdemos de vista, rumbo a las profundidades de la inmensa pared. Poco a poco, lo vamos  acompañando en su acogedora cueva, lugar fresco al fin, lugar donde satisfacer esa gustosa hambre interna, de sensaciones y sentidos. La sensación de perder pie en el rappel y verte descolgado sobre la boca de la cueva, para mí es un placer indescriptible. Siempre me atrajeron las cuerdas, los rappeles… la técnica de la magia vertical. Me siento como el mago que hace sonreír a la anonadada chiquillería, cuando aquel mágico pañuelo se convierte en paloma, o ese precioso conejo aparece de su chistera.

Después de hidratarnos completamente y dar cuenta de unos diminutos manjares en forma de barritas, nos afanamos en bajar de aquel mágico lugar, por la boca contraria de la cueva, que nos depositará en un largo chorreadero, hasta alcanzar el camino de subida. Se trata de una sucesión de rappeles que salvan el desnivel de la cueva hasta el comienzo de una vereda vertical, donde por seguridad en la caída de piedras, siempre montamos de nuevo, un segundo rappel.

Leire entrando al Nido
Leire entrando al Nido

Dejamos atrás en las profundidades de la cueva, ese gustoso frescor, para a la vez que descendemos, sentir el brusco solazo en nuestras pieles sudorosas. Este precioso rappel es tan chido, que rápidamente olvidamos el tórrido calor y disfrutamos de ese embrujo escondido, tratando de indagar las vías de escalada que recorren la pared, por donde, curiosamente, bajamos. Aquí comienzan, de nuevo, esos sueños, sueños en recorrer escalando el mismo recorrido de forma inversa. Sueños de exponer tus sentidos, fuerza e imaginación al servicio de tu mente y perder el miedo a sentir la bonita sensación de libertad, de verte envuelto en el hechizo de tan mágicas aventuras. Espero tener pronto la ocasión de satisfacer estos preciosos pecados escondidos en las profundidades de mi ser.

Libramos el último de los apasionantes rappeles, atravesando una angosta chimenea donde tipos como yo, pasamos estrecheces considerables. Momentos en los que recuerdas que hay que salir a entrenar un poco más, vencer la innata pereza y la inevitable llamada del sofá. Un ir y venir de piedras, resbalones y calor, mucho calor, nos dejan unas horas después, en el mismo lugar del primer descanso en la subida. Mientras el grupo se recompone, aprovechamos para guardar el equipo en la mochila y tomar un poco de líquido elemento, esa unión a la vida. Tiempo en el cual, vemos aparecer al resto de la bandita, resbalando a gran velocidad sobre las piedras que conforman la vereda, hasta alcanzarnos. El Panto, que es un animal, viene con las dos cuerdas a la espalda, como el que va de paseo al parque. Están bien pros estos infatigables compañeros de aventuras…

Fugaz en el último rapel
Fugaz en el último rapel

Nos apresuramos en un trotar desenfrenado ladera abajo, hasta nuevamente alcanzar la hermosa sombra bajo el puente, que nos permite cruzar la carretera. Refrescamos nuestras sudorosas cabezotas y de ahí a los carros, acompañados de unas buenas risas con el cotorreo de la bandita peluda. El descanso del guerrero aguarda, no antes de degustar, de buen grado, la excelente comida autóctona de los Tacos Regios. Flautas, tacos y mole hacen feliz a nuestros hambrientos estómagos entre anécdotas e historietas. Que agradable y merecido, por otra parte, final de fiesta. Sí, ¡Fiesta! No existe otro apelativo mejor para describir el hermoso día vivido. Muchísimas gracias por acompañarnos nuevamente a rememorar aquellos maravillosos recuerdos, grabados a fuego en nuestras humildes retinas. No serían lo mismo sin ustedes.

Nos vemos al ratito, seguro

Mikelaros

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