Matacanes

Reseña escrita por Ulises Esparza
Fecha: 16 de Marzo de 2013
Título alternativo: “Riendo del clima de Monterrey”
Fotos:

Sábado 16 de Marzo. 4 a.m. de la mañana. Suena mi despertador. Abro los ojos, quito la alarma, cierro los ojos. Después, esos segundos en los que el cuerpo dice quédate en la cama, y la mente dice levántate, hoy tendrás una aventura. Me levanto de inmediato, la noche anterior salí con los amigos, y al regresar decidí arreglar todo por la mañana. En la primera mochila guardo el wet suit, cambio de ropa y tenis. Tomo mi segunda mochila voy hacia la cocina, desayuno y preparo mi comida del fin: dos hamburguesas de pollo, las meto en la mochila junto un gatorade, muchas barritas de granola, manzana, jugos, y todo lo que pude encontrar en mi cocina. Salgo de mi departamento, cierro la puerta, y antes de bajar las escaleras, contemplo, como siempre lo hago, el cerro de la Silla. Está todo oscuro, me dirijo hacia al Tec, las calles vacías, y yo con mi sonrisa de: “ja, todos duermen, y yo inicio mi aventura”.

matacanes marzo 2013Llegó temprano, 15 minutos antes de lo acordado, frente a rectoría están dos chavos rodeados de mochilas, sleeping bags, y demás. Me acerco, y veo que son dos compañeros españoles de mi clase de concreto. Me preguntan si voy a Matacanes, respondo que sí, y les digo que crucemos la calle hacia la pantalla. En ese momento sale del coche Katja, escaladora alemana que conocí en el club.

Dieron las 5:30 am, la hora programada, y cada vez más y más personas llegaban. A pesar de lo temprano en los rostros se veía la emoción del grupo. Pasaron los minutos, nos metimos a las camionetas, en esta ocasión fueron 4 camionetas, y más de 20 personas. Me tocó ir en la camioneta que rentamos para la ocasión, adentro estábamos, Katja, Saira, Alan, su novia, Novelo, y conduciendo, Reno. Está fue la primera de varias esperas. Esperas en las que preguntas, ¿qué esperamos?, y nadie sabe, y, ¿por qué no nos vamos ya? porque hay que esperar.

Así inicio la travesía, Jorge Flores fue por el equipo de trepas y nos alcanzaría después. Llegamos hasta la entrada de La cola de Caballo, y ahí nos detuvimos. Una espera más.
Continuamos el recorrido, aparecieron las primeras subidas en la carretera, y el rugir de la camioneta se escuchaba tan fuerte como la música del Mp3 que escuchábamos. El poder del motor era tal que solo se compara con uno de un camión urbano (hasta sonaba igual).

Nos detuvimos una vez más en el lugar donde termina el camino pavimentado, y comienza la terracería. Esperamos y esperamos, ¿qué esperábamos? nadie parecía saberlo.

Bajamos por la terracería, dábamos pequeños brinquitos por las perturbaciones del camino. Yo iba sentado en el asiento del copiloto, por la ventana veía los desfiladeros tan cerca de las llantas, le tengo pavor a este tipo de caminos

La voz apaciguadora de Bob Marley, me calmó un poco, mientras Reno nos contaba algunas anécdotas. El camino era muy angosto, inclinado, inestable, lleno de piedras, baches, ramas, y todo lo que se puedan imaginar, pero no eran, ni lo fueron problema alguno para la Roña, así es como Reno nombró la camioneta.

Durante el trayecto, tuvimos el primer percance. Una de las camionetas tuvo problemas con la transmisión, y la dejamos a mitad de camino.

Llegamos a la zona de camping, bajamos todas nuestras pertenencias y sin tiempo que perder nos preparamos: arneses, equipo, chaleco, neopreno, casco, todo en su lugar. Dimos nuestros primeros pasos en una vereda angosta al principio llena de rocas, y recuerdos de animales. Tras caminar más de una hora, bajamos un pequeño tramo de rocas enormes, miraba hacia el suelo, cada pisada, levanté mi cabeza un poco para mirar el recorrido y por fin ahí comenzaba: agua. Hubo unos minutos de indicaciones para realizar el primer salto, mientras todos nos abrochábamos los chalecos y el casco. Se acerca la primera persona, salta, y ahora nada en el agua. Pasan otros más y por fin mi turno,  recuerdo las indicaciones: solo salta, cae parado, abrázate del chaleco. Ok, todo en orden, veo el lugar donde debo caer, el azul claro del agua me invita a nadar. Salto y de repente se congela el tiempo, estoy en el aire y me pregunto ¿qué demonios estoy haciendo? Sentía que caería en concreto. Un instante más y ya estoy dentro el agua, está heladísima. Doy las primeras brazadas y el frio hace despertar a mi mente, como si estuviese en un sueño. Seguido del primer salto, toca el primer rapel. La espera es larga, somos muchos en el grupo, y el aire frío se siente en toda la piel.

Continuamos con el recorrido, yo esperando con ánimos el segundo salto. Llegamos al siguiente rapel, este es más alto, y da hacia una pequeña cueva. Miró hacia arriba, veo que hay varias gotas que caen, alguien explica que eso es un Matacán.  Adentro todo obscuro, bajamos por un resbaladero, después me dicen que en ese lugar se hacia el Salto de fe.

Caminamos y caminamos, el frio ya era tan normal en nuestro camino. No sé cuántas veces he saltado, ni cuantos saltos quedan, solo me digo a mí, camina, salta, cae al agua, nada, camina, salta, cae al agua.

El grupo se separó muchas veces, esperábamos a algunos, y otras veces nos deteníamos a llenarnos de carbohidratos. Otras más teníamos esas esperas en las que nadie sabe que esperamos.

Llegamos al Salto de la Amistad, donde inicia medio matacanes. Se trata de una roca que atraviesa al río y en la que caben más de diez personas, ideal para saltar todos juntos y tomar una foto para el recuerdo. Lamentablemente no cabíamos todos, así que nos dividimos en dos pequeños grupos.

Seguimos caminando, y veo a las primeras personas que no son del club. Están en el salto más alto de todos, de unos 9 o 10 metros (la altura depende del guía que te lo diga). Veo como salta uno de ellos, cayó un poco mal. Afortunadamente todo está bien. Después se avientan los primeros del grupo. Se escuchan las voces: este es el salto más fácil de todos, solo da un paso hacia el frente y ya. Dicho y hecho, me acerqué a dar el salto, no lo pensé, solo vi el lugar dónde quería caer y salte hacia adelante. Me fascinó, lo volvería a hacer muchas veces más.

Y como todo buen inicio tiene que llegar a su final, el trayecto se acabó. Acabamos justo antes del atardecer, sacamos nuestros cambios secos de las camionetas, y nos pusimos a descansar. Todos platicamos de la gran experiencia, mientras iban llegando más y más. El tiempo pasaba, el sol se escondía por las montañas, aparecieron las primeras luces brillantes en la noche, y aún faltaban tres personas por llegar. Teníamos mucha hambre, y desafortunadamente el dinero muchos lo dejamos en la zona de acampar. Conseguimos que la señora del pequeño restaurante nos preparara la cena con la promesa de pagar al siguiente día.

El tiempo pasaba, y aún no había nada de las otras tres personas. Reno decide ir a buscarlas, se pone su lámpara y allá va de regreso. Confiamos en que todo estaría bien, dos de esas tres personas son guías en Matacanes.

Terminamos de cenar, y finalmente llegan los últimos en terminar el recorrido, sin incidentes mayores.

Al final llegamos a la zona de camping, instalamos las casas, y las charlas nocturnas no se dejaron esperar, aunque así como llegaron también llegó el cansancio. Me metí dentro de la casa, me cobije con el sleeping, y de almohada una playera. Cerré los ojos. Mañana otra aventura.

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