Hidrofobia

Reseña escrita por Giovanni V.
Fecha: 23 de Septiembre de 2012
Fotos:

Otra vez domingo, misma hora, 6:20 am y muy seguramente la misma o más grande sonrisa que la del domingo anterior. Hoy es cañón y como siempre la sonrisa cañonera no se deja esconder.

Así llegué a la pantalla observando a otras 11 personas con anchas sonrisas en el rostro. Unos cuantos, aún desmañados y sin haberse apuntado previamente, no querían quedarse sin sonrisa en la cara y lograron viajar de regreso a casa para tomar la ropa que les hacía falta para la salida. Nadie se pierde un cañón, aún si el cambio del destino fue un día antes. Hay cañón, hay que ir.

Así nos acomodamos en 3 autos y llegamos a puerto Genovevo. Para algunos un lugar mágico, para otros el centro de la tierra, el origen del big bang o la última oportunidad para ir al baño. Llenamos de aire los pulmones en ese lugar tan alegre, tan vivo, tan quieto. Caminamos observando la tranquilidad de las vacas, percibiendo la invitación de la casita a ser felices, escuchando un leve viento que hace del silencio el mejor compás que nos hizo continuar la aventura hasta las pozas del Chipitín. Ya habiendo recorrido ese tramo largo que calienta los músculos, Pantoja, Marcela y yo aprovechamos para recordar nuestra infancia en el pequeño cañón de las pozas. Con hacerlo una vez y sentir de golpe el agua helada nos despertamos lo suficiente para descubrir que una emoción no sólo nace en agua fría, sino en el corazón cada vez que uno respira azul clarito.

Continuamos “salmoneando” (Del latín Salmo, del género Oncorhynchus, del coloquial subiendo a contracorriente. N. del A.) hasta llegar a un área abierta donde nos apoyamos para descansar en la roca y tomar un poco de calor con la técnica (que Pantoja me enseñó, mas no sé si él la creo) “Abraza la roca”. Ahí dejamos a Vero junto con David, que en auxilio de las rodillas cansadas de la doncella, hizo guardia de lobos, osos, dragones y mosquitos acuáticos hasta nuestro retorno posterior a ese punto.

Nosotros dejamos la roca-sillón y seguimos nuestro camino hasta llegar al último de los canales (yo solo he visto algo así en el Señor de los Anillos) por los que tenemos que cruzar con nuestros cuchillos en la boca. Son una belleza esos canales. Llegas caminando a un “claro” (área abierta, bañada por rayos de luz) que te recibe con una pequeña fosa que poco a poco empieza a sumergirte arriba del ombligo y termina por hacerte flotar a lo largo de su trayecto. Las paredes mohosas extendidas de manera sinuosa te hacen fluir (nadando de perrito por supuesto) hasta la cascada que, apoyado por una cuerda corta y resbalosa, tienes que subir para poder seguir tu camino.

Realizando la difícil tarea de la cascada, seguimos nuestro camino hasta llegar al famoso e imponente “Cubo”. Igual hay que escalarlo para poder ser testigos de la magnífica vista que se tiene desde ahí. Caminamos un poco más, hasta antes de llegar al salto del Nopal y por la hora (3:20 pm) tuvimos que comer ahí y aceptar que nuestra salmoneada había llegado a su fin. Dicen por ahí que todo lo que salmonea tiene que bajar o ser comido por un oso, y como David andaba de guardia de osos con Vero, pues tuvimos que bajar.

El regreso es fantástico porque ahora bajamos del Cubo más rápido que en la subida, volvimos a bajar de la cascada, de nuevo por los canales y viendo nuestros relojes supimos que el tiempo ahora sí ya no era importante. (por ahí de las 5:00 pm)

Llegamos al punto donde habíamos dejado a Vero y a David, y ya no estaban ahí. La orden, me enteré posteriormente, había sido que ellos dos bajaran un rato después de que nosotros los dejáramos ahí. Seguimos bajando y sintiendo por la espalda como los rayos de luz ya no calentaban. Las horas de sol morían con nuestro miedo a la oscuridad. La aventura estaba por comenzar.

Ya en el fin de Hidrofobia camino a las Adjuntas, comenzó a llover. ¡Pero de qué forma! Esa forma que solo tiene la naturaleza de mostrar su poderío, su idea de fuerza que se cristaliza en una lluvia “a gota gorda” y casi horizontal por el viento. Esa lluvia que pega por todos lados y más parece el toque de una persona en el hombro que te hace voltear la mirada y observar la sonrisa que ahora tiene la naturaleza en su rostro. Todo el camino que hemos dejado atrás vuelve a vivir, toma su vaso de agua y llena el cañón para una próxima temporada de aventuras.

Ya sobre el río que lleva a las Adjuntas, prendimos nuestros focos de la frente porque la luz de las luciérnagas ya no nos era suficiente. En el camino comenzamos a ver camionetas 4×4 vencidas por la lluvia y el fango. En su ruta de escape, un tubular había perdido la caja de velocidades y obstruía la salida a las demás camionetas. Ahora nuestra única opción era volver a las raíces de nuestros padres Trepacerros. Caminar.

Sofía, Marcela (Mi novia con la que cumplí ese día 6 meses de hermoso noviazgo, cursilería, confianza quita mocos y etc.) y yo  conseguimos “rait, raite, raid, ride o rai” con una de las camionetas que sobrevivió al largo camino de la lluvia y el fango. Nos subimos y poco faltó para perder de manera permanente el movimiento del cuello por culpa de los caminos sinuosos que ahora tenía que sobrellevar la camioneta para poder salir de los ríos que ocultaban las luces y ponía un “Jesús en la boca” en boca de todos o un:

“Nosvamosamorirarrastradosporelríoenestacamionetaporculpadeestoschoferes
borrachotesquevienenlosdomingoatirarlatasTecateyacomercarne”. Amén

Pero sobrevivimos. Llegamos a Puerto y esperamos a todos tiritando de frío bajo la manta térmica. Creíamos que íbamos a ver a Vero y a David que habían salido antes que nosotros, pero ellos venían en una de las camionetas que rebasamos al subir hacia Puerto Genovevo. Lo chistoso fue que venían sobre una camioneta que llevaba las bolsas de basura que salían del restaurante cuyo dueño es el hijo del señor que siempre nos recibe en Puerto Genovevo. (Y que Vero sabe su nombre).

Llegaron todos los demás (Pantoja, Óscar, Joaquín y Alberto) no tan exhaustos después de caminar cuesta arriba porque son Trepas de hueso colorado. Eran por ahí de las 11:00 pm cuando nos unimos todos para comenzar el regreso a Monterrey. Llegamos a las 12:12 am a Puerto Rectoría con una más amplia sonrisa que la de la mañana de aquel inolvidable 23 de Septiembre.

JGVM

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