Medio Matacanes

Reseña escrita por Marcela Cruz Félix
Fecha: 2 de Septiembre de 2012
Fotos: Koichi Minamizawa

“Get to scared to jump if I wait too long”

-The Cure (Maybe Someday)

 

La luna miraba curiosa nuestros pasos porque salimos temprano de casa. Alcanzamos a ver a gente que ya apenas salía de sus reuniones que comenzaron la noche anterior. Caminamos unas cuantas cuadras antes de llegar a Rectoría, en donde vimos, del otro lado de la calle, a un grupo de gente que esperaba.

Después de breves presentaciones de las personas con las que iba a pasar el resto del día, llegó Fugaz. Nos dijo que había decidido cambiar la ruta: recorreríamos medio Matacanes.

Se repartieron cascos y chalecos salvavidas. Se asignaron grupos de 5 personas por coche y emprendimos la huida de la ciudad de Monterrey.

Platicamos todo el camino, que no fue tan largo como esperaba. Fuimos hacia el sur siguiendo el carro de Fugaz, por Carretera Nacional. Entramos a Santiago, conocía gran parte del camino, pero nos adentramos hacia los cerros y al dejar de reconocer comencé a asombrarme.

Llegamos al Puerto Genovevo, el carro se quedó en un estacionamiento que más bien era el patio de una casa. Nos untamos bloqueador, guardamos las cosas en bolsas ziploc y comenzó la aventura.

Descendimos por una vereda empedrada, cuando llegamos a la parte más baja del camino, comenzamos a ver piedras muy finas que se podrían quebrar al apretar la mano. “Lajas” me dijo que se llamaban. Yo tenía una idea de que las lajas eran hojas de piedra mucho más grandes, y éstas cabían en mi puño.

Continuamos caminando. El camino se volvió más pedregoso, luego comenzamos a ascender. De una vista llena de piedras pasamos a un cuadro boscoso en donde apreciamos setas que crecían sobre el suelo húmedo. El musgo crecía abrazando los rugosos troncos de los árboles y las piedras.

Si no hubiese sido por los cercos de púas que se encontraban intermitentes junto a la senda, y por supuesto, si ésta misma no estuviese, habría pensado que ningún ser humano había puesto un pie en ese lugar.

Tuvimos un par de descansos grupales. Verdaderos momentos para compartir comida, agua y aliento.

El siguiente tramo fue más empinado y largo que el primero. Subíamos cada vez más, pisando esa cama blanda de lodo y hojas caídas. A lo lejos se escucharon los cencerros de unas vacas que jamás vimos.

A cada paso, una versión diferente del paisaje se mostraba ante nosotros: Subidas, bajadas, una pequeña cascada, ramas, piedras.

Al fin escuchamos el agua que se deslizaba por las piedras. Varias personas de otro grupo se tiraban desde una roca hacia el agua; mientras, nosotros comíamos. Llegó nuestro turno de saltar. Subimos a la gran piedra de un par de metros. Miré hacia abajo. Entonces pensé en todo lo que había dicho. En todo lo que había pensado acerca del supuesto caso de que tuviera que aventarme. Nunca, en mis pensamientos, dudé en dar ese paso hacia el vacío que culminaría con un helado chapuzón. Fue en ese momento en el que descubrí que saltar de una roca hacia un río cristalino, no es tan fácil como se piensa, ni tan difícil como se ve.

Había pasado mi primera prueba. La adrenalina no tardó en hacer efecto sobre mí. La euforia era máxima, o eso era lo que creí antes de descubrir el resto de los saltos.

Volvimos nuestra andanza. Varios brincos más, algunas resbaladillas. Entonces llegó el gran salto: la gente se amontonaba en torno al filo de la barda sobre el agua. Los más audaces nos apremiaban a aquellos con más dudas, pero no había marcha atrás. Debía saltar.

No recuerdo qué pensé mientras caía. Quizás no pensé del todo. Mis pies cortaron el agua y pasé.

Lo que siguió estuvo envuelto en menos drama. Incluso fue mágico. Al fin conocí los matcanes: unas trompas de piedra que bajaban por las que caía agua helada a chorros. Una visión surrealista.

Nos adentramos a una caverna completamente oscura y debíamos atravesarla nadando. Poner en palabras ese momento, sería minimizar el sentimiento. Sublime.

Al salir hubo otro descanso. Nos apresuró el rugido del cielo que anunciaba la lluvia, que cayó poco después de volver a caminar. Las rápidas gotas golpeaban la piel y los truenos se encargaban de deleitar nuestros oídos. A falta de música una buena llovizna.

Un largo tramo más y llegamos a Las Adjuntas, el final del recorrido de Matacanes. Ahí, los que tuvimos suerte, fuimos llevados por las generosas 4×4 de los regios. Aquellos que no, avanzaron rato caminando. A un par, el rato les duró hasta Puerto Genovevo.

Fue en el regreso, dentro del carro, con la música, nuevos amigos, y saber que aún seguía con vida,  que supe que no era el final de la aventura, sino el principio de muchas más.

Marcela Cruz Félix

Asistentes:

Verónica Tijerina Cumplido, Héctor Hernández Sáenz, Chrystian Yepiz Emilia Rojas de León, Julieta Carreón, Anely Monzón, Regina Castañón, Francisco Cervantes, Gabriela Sánchez, Alberto Arrieta, Cynthia Chapa Sánchez, Koichi Minamizawa, Gabriela Moreno, Alejandra Rodríguez A., David Salas, Luis Valverde, Giovanni Varela, Marcela Cruz, Héctor Ferreira, Oscar Araujo, y Luis Leonardo Zamora

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