Nido de los aguiluchos

RESEÑA – NIDO DE LOS AGUILUCHOS.
Reseña y fotografía por: Ernesto Romero.

Inicio esta reseña expresando mi más sincera disculpa hacia los lectores, pues ya bastante tiempo ha transcurrido desde esta primera aventura de altura para muchos nuevos trepas (incluyéndome); pese a todo espero todavía les resulte a muchos una grata experiencia para recordar.

Miércoles 17 de Febrero de 2010

Pues para muchos esta aventura empezó desde 4 días antes, en aquella friolenta noche junto a la pared de escalada. ¿A quién se le ocurre andarse encaramando en una pared de 10m de altura a las casi 10pm de una noche helada justo a mitad de semana? Trepas tenían que ser…, y ahí andaba yo también, ya uno más de ellos (a mucha honra), disfrutando con el resto de los nuevos la ausencia de chamarras y la emoción de enfrentar la altura, por primera vez, bajo nuestra propia cuenta.

“Línea de vida, ocho, cordino, arnés, mosquetón…” Instrucciones iban y venían, en español, alemán e inglés, y todos los nuevos tratábamos de entender, y no olvidar, como colocar el equipo del que dependería el pellejo una vez arriba. Recuerdo que de cuando en cuando miradas de “¿Qué?” se cruzaban con la mía de “yo no sé, mejor le preguntamos a Tepo”. Así, poco a poco, con el pasar de las horas, nos fuimos familiarizando con el equipo.

En la espera de subir a la pared todo mundo andaba en lo suyo, James daba de saltos para entrar en calor, Klara no paraba de tomar notas sobre indispensables palabras que necesitaría aprender, otros practicaban como colocar el ocho, el Piru agandallaba los cascos, la pobre gente que llegó en shorts no paraba de temblar, y yo… la mera verdad… batallaba para poner el prusik (Iris testigo ocular)… que relajo peinarlo bien… que satisfacción descubrir que el nudo feo era el bueno.

Así, la espera continuó, y continuó, y continuó; los cascos fueron rotando y la fila para subir fue avanzando. Cada quien poco a poco tuvo su turno de colgar desde lo alto.

Ya para las 10:40pm la espera había valido la pena, descansaba en la altura sostenido únicamente de mi línea de vida mientras charlaba con Tepo y Fabián (la neta que genial), minutos después bajaba por fin por la pared… a dormir, y a esperar unos días más.

Domingo 21 de Febrero de 2010 (ahora si, domingo)

6:15am, la radio empezó a sonar, y una mirada fulminante de mi hermano me dio a entender “son las 6, y es domingo”…, que va, la verdad es que la levantada temprano bien vale la pena cuando se sabe que se va a hacer algo chido. Como cada salida me apuré a tomar mis cosas y empezar a llenar la mochila. Media hora después cámara, agua, gatorade, camisa extra, comida de marcha y todo lo demás estaba en su lugar, no olvidando por supuesto los oficiales sándwiches de atún.

Ya en la pantalla los primeros rayos del sol se dejaban ver por los costados del Cerro de la Silla, y uno a uno el punto de reunión se empezó a llenar de trepas y gente de espeleo, pura actitud de la buena. Mientras Shego y Tepo repartían el equipo entre los nuevos, Kika se encargaba de acomodarnos entre los carros disponibles. Y, como siempre, después de un elegante retraso (obvio, para no llegar tan temprano a la montaña y así poder admirar las estrellas en la bajada de noche), partimos rumbo al Nido de los Aguiluchos.

La caravana llegó a su destino (espero recordar bien) ya pasadas las 8, y, como buenos trepas, empezamos a cruzar alambres de púas y terrenos ajenos para poder iniciar la subida. Inclusive ahora podemos presumir que conocemos la autopista a Saltillo desde otra perspectiva (la verdad que hasta el cruce del túnel estuvo chido), los gritos de batalla trepas se dejaban escuchar a todo pulmón.

En fin… después de colocarnos cascos y equipo, y de una breve junta de repartición en grupos (donde Tepo casualmente quedó en un grupo lleno de alemanes), comenzamos a subir. Hay que mencionar que no fue una subida larga, pero si muy interesante, pues entre que pisabas piedras sueltas, y otras que te caían de los que venían adelante, uno realmente podía sentir la emoción de ser un trepa y estar haciendo algo diferente.

Una breve parada camino a la cima nos permitió contemplar el panorama por primera vez, y que vista! Con razón nadie se quería quitar del pequeño espacio que se tenía para observar cuando los rezagados de la reta llegamos al final (David, Nancy, James, Sergio Sedas y un servidor). Al menos yo tomé infinidad de fotos (le agandallé a Piru la piedra aquella donde te podías trepar), y me agradaba saber que faltaba todavía un poco más por subir.

Sin prisa por llegar continuamos nuestro trayecto hacia la cima (ya veíamos venir la cola del rapel y no hay que olvidar también lo de bajar tarde para alcanzar a ver las estrellas). Como toda buena aventura trepa (hasta donde he observado) mientras más alto se sube más intenso se pone, y se cumplió; parecía de repente que anduviéramos en escalada, y de pronto hasta el termo de Andrew fue víctima de la altura (en paz descanse); un sacrificio más a la montaña que no dejó de caer hasta perderse en los matorrales.

Varias intensas fotos dinámicas después (de esas que Sergio Sedas no quisiera presumir en su hogar) finalmente llegamos a la cima.

Y pura vida en montañismo. Ya en la cima, todo fue cuestión de disfrutar; el aire, la vista, la buena charla con los amigos, un pequeño espacio para pensar mientras se contemplaba el panorama… ello sin olvidar mencionar el buen bronceado de la espera bajo el sol (que Cancún, ni que nada).

Los primeros trepas empezaron a bajar hacia el nido y las horas pasaron… y pasaron… y continuaron pasando. Comimos, observamos la exótica fauna silvestre de la región (osea el papalote de Nancy que por poco se vuelve también otra victima más de la montaña) y nos informamos sobre escalada con el libro de David. Yo opté por tomar un buen lugar y observar a la gente que iba bajando en el rapel (por cierto que todavía les debo las fotos). Que chido ver como uno a uno iban descendiendo cuesta abajo por la pared de la montaña sostenidos únicamente por una cuerda, extreme, ¿o qué?

En fin… (acelerando un poco el paso de la redacción) de algún modo, todavía no recuerdo como, los que quedábamos arriba terminamos discutiendo sobre “las diferentes técnicas y consejos para conquistar al buen amor” (a que punto llegó la espera y el aburrimiento). Bueno, en esas andábamos cuando tocó mi turno de bajar (Gracias Dios) (haha, no se crean, la verdad que el ambiente arriba se mantenía chido), y ya pude experimentar en vivo y a todo color lo que había estado esperando toda la semana.

¡Qué cosa más genial bajar en rapel! Quiero pensar que muchos de mis compañeros trepas pensarán igual. Colgar a cientos de metros de altura y bajar varias decenas de ellos sostenido de una cuerda (tu llevando control de la situación) simplemente es algo para recordar y contar. Y ahí andaba ahora, colgando no de la pared de escalada sino de la montaña. Pese a la emoción agradecí grandemente llegar y poner pie en el nido, la verdad que los arneses deberían tener un sistema de seguridad, o algo por el estilo, para no apachurrarte “aquello” en el trayecto de bajada (hablo únicamente por el género masculino). Digo, a las chavas se les enredaba el pelo en la cuerda (fue todo un suceso de aplausos liberar a Klara), pero quiero al menos pensar que ello no compromete a la futura familia.

Ya abajo, después de comprobar que todo se encontraba en su lugar, la espera continuó. El ambiente cambiaba, unos charlaban, otros comían otra vez, el Andrew se echaba una siesta colgado de la pared del nido mientras extrañaba su termo… No podía faltar la foto de grupo ya que todos los trepas terminaron de descender. Más de 30 personas en un lugar tan reducido, cada quien se acurrucaba en un cachito de piso. Y así nos la pasamos un rato, compartiendo el espacio, la vista y el olor de los orines del baño improvisado cada que cambiaba el sentido del viento. Aquí haré una nota especial: hágase notar que probablemente hayamos roto record guiness sobre la mayor cantidad de personas cuidando a otra para que pueda ir al baño (me cae que hay que reconocer el valor de las chicas de trepacerros). Que casualidad que a algunos les dio por quererse autofotografiar justo en ese ratito (=P) (omitiré nombres….) (ajam…Danny).

De ahí la continuación del rapel siguió, y la cola también. Trepa por trepa el grupo empezó el segundo rapel para el descenso de regreso, y nuevamente las horas pasaron minuto a minuto (me cae que fue toda una experiencia de paciencia). Al pasar el rato los que (para acabarla de fregar) otra vez nos habíamos quedado arriba ya nos encontrábamos cantando y jugando al avioncito para despejar la mente (aquel juego olvidado de la primaria), la buena vibra trepa se mantenía contra el aburrimiento.

Ya avanzado el atardecer nos tocó descender a los últimos del grupo, Andrew, James, David, Nancy, el Oscar, entre otros más (ahh! Por cierto que casi no menciono en esta reseña la máscara de luchador de Oscar, muy buena). Y, como todo en esta vida, la espera valió la pena. El segundo rapel simplemente fue increíble, y el último, ni se diga, quiero pensar que no fui el único que se dio de topes en el tercer rapel. Para entonces ya había tomado la precaución de acomodar bien el arnés antes de empezar los respectivos descensos.

Puedo presumir ahora que he rapeleado bajo las estrellas al visitar una caprichosa maravilla de la naturaleza (el nido). Sin embargo, la aventura no terminó ahí, surfear las rocas sueltas en el bajada fue casi tan divertido como rapelear. Ya para entonces la noche se había dejado caer, y Andrew, James y yo, bajábamos el último tramo de piedras sueltas antes de llegar al punto de reunión del grupo. Un “eeehooo”, algunas luces y un “oooh por favoour” de Zahy nos indicaron que íbamos por buen camino.

Ya con el grupo solo faltó esperar a los trepas más experimentados, que todavía permanecían bajo la luz de la luna recogiendo las cuerdas que habíamos usado. El expertise les hizo recorrer en la mitad del tiempo que nos había tomado a Andrew, James y a mí el camino de roca suelta, era impresionante ver las pequeñas luces de las lámparas bajar por la ladera a gran velocidad.

De ahí, ¿Qué mas contar? Caminar bajo las estrellas después de una experiencia grata no tiene descripción. Los gritos de batalla trepas se dejaron escuchar una vez más al cruzar el túnel de la autopista y finalmente caminamos de vuelta a donde habíamos dejado estacionada la caravana de vehículos aquella mañana. Un aplauso de los vecinos de la comunidad nos recibió con alegría, y no quedó más que agradecer y volver al hogar a descansar.

De vuelta en casa no faltó quien me preguntara que cómo me había ido en el estadio azteca; unas cuantas fotografías contestaron la cuestión. En algún buen video de internet escuché alguna vez “enjoy the power and the beauty of your youth”, no pude evitar pensar en ello al observar las imágenes de lo que había acontecido en las últimas horas. Termos suicidas, aves exóticas, gritos de batalla trepas, desfiladeros de cientos de metros, surfear en rocas, luces por la ladera que no se dejaban perder bajo las incontables estrellas… Y al final, todo es cuestión de esperar…, solo una semana más. Ser un trepa no tiene comparación.

Pura vida en montañismo.

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8 comentarios sobre “Nido de los aguiluchos

  1. que buena reseña y fotos! y sí , yo también digo que propongamos que nos registren en el libro de los record por el numero más grande de personas echando aguas!

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  2. Querido Ernesto, originario del merito Cadereyta-Costa Rica o del raro lugar de donde vengas…:)

    Tu reseña me tuvo muerta de la risa en CETEC, creo que pensaron que estaba loca…y la verdad si…estoy loca y con esta reseña tan buena y bien redactada me vuelvo más loca.

    Gracias por compartirla con nosotros 🙂

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