El Salto

El Salto (sábado 22 de agosto)

por Andrew Walla

Camino El Salto

Primero, perdónenme por haber tardado tanto tiempo en escribir esta reseña. Cuando me dijeron que me tocaba la reseña, no estaba listo de ninguna manera para escribirla – las clases habían empezado a ser más difíciles y sacrifiqué esta tarea para hacer las demás.  Entonces espero que no haya olvidado muchísimo, y que la disfruten.

Cuando vine aquí nunca soñé con ser miembro de un grupo como los Trepacerros.  Normalmente cada año cuando voy a la universidad, tengo que despedirme de la naturaleza y toda su belleza.  Por desgracia allá a nadie le interesa acampar y por eso tengo que esperarme ocho meses largos hasta que pueda divertirme de nuevo en las Montañas Rocosas del estado de Nuevo México. Se pueden imaginar cuánto me alegré al descubrir este grupo, pero tengo que admitir que tuve dudas de cómo sería.  No tenía nada de mi equipo normal y con un español abismal (sólo llevaba dos semanas en México en toda mi vida) creía que me costaría integrarme.  ¡Qué suerte que no seguí mis miedos!  Me encantó la primera excursión, y estaba muy listo para empezar la segunda.

Nuestra aventura empezó, como siempre, en la pantalla cerca de la Rectoría.  Nos juntamos a eso de la 1 el sábado y esperamos una media hora antes de irnos (hay que tener en cuenta el famoso tiempo mexicano del que aún en aquel momento no me había acostumbrado, aunque ahora me ha gustado cada vez más).  Estaba listo con mi mochila demasiado llena de cosas y emocionado por trepar este cerro.  Ésta sería diferente de cualquier otra excursión que he hecho – nunca había acampado con una fiesta en el medio.

A pesar de mi emoción, me dormí en el carro por tener sueño y por estar harto de no entender a todos.  Por eso no estoy muy seguro de qué tan lejos estaba nuestra montaña, pero fue menos de una hora.  Cuando abrí los ojos con el freno marcado, vi que estábamos en un pueblo muy bonito en las montañas.  Por extraño que sea, me recordó a las montañas y pueblitos de Catalunya, donde viví ya hace más de tres años.  Quería volver a España, pero esta belleza sencilla otra vez me hizo agradecer que hubiera escogido a venir a Monterrey en su lugar.

Dejamos nuestros carros en la casa de Nifi, y desde allí empezamos a caminar a través del pueblo de Santiago.  El camino era fácil, sin pendiente y sin problemas llegamos a una tienda para comprar agua y otras cositas.  Después de nuestro descanso volvimos a caminar, pero empezó a exigir más esfuerzo.  Ni modo, me gustaba mejor así.

Tal vez el reto más difícil no me fuera el camino sino mi frustración con el idioma.  Las palabras foráneas no salían bien y las entendía aún peor.  Muchas veces intenté conversar con poco éxito y lo dejé para hablar con amigos angloparlantes.  Qué tan fácil era hablar como sentía en vez de usar palabras torpes sin color.  ¡Pero no vine aquí para hablar inglés sino para conocer otra cultura!  Al enterarme de mi equivocación decidí caminar sólo y observar a los demás, y así me callé.

Quizás estaba demasiado callado porque cuando tuve que ir al baño nadie se dio cuenta.  Estaba al fin de la cola y después de terminar no pude ver a nadie.  Al principio pensaba que podría alcanzar al resto de grupo sin problemas, y me dio miedo cuando tuve que escoger el sendero correcto sin saber dónde fueron los demás.  Por suerte, el grupo me esperó y llegué sano y salvo.  Tal vez sea por eso que me tocó la reseña, todavía no entiendo por qué querían que el extranjero la escribiera sabiendo que saldría mal, pero da igual.

Tras unas horas alcanzamos la cumbre, Puerto Gringo, apenas antes del atardecer.  La vista, como siempre, era bonita, pero por desgracia no pudimos quedarnos muchísimo tiempo por la oscuridad abrumadora que llegaba cada vez más rápido.  De hecho no se podía ver la naturaleza al bajar al pueblo siguiente de Ciénega. También fue en ese momento que supe que mi lámpara no tenía batería.  Por gracia alguien me prestó una, pero por desgracia ésta nueva se me acabó en diez minutos.  Equis.  Compartí con Lando y estuvo bien así.

Llegamos a Ciénega alrededor de las 10:30 bien agotados. Compramos comida y bebidas y descendimos por última vez al Salto, nuestro campamento y el sitio de la fiesta, donde nos esperaban los otros grupos hermanos que ya festejaban hacía horas.  Cuánto quería estar con los demás, pero tenía mucho sueño y las aguas locas que probé no me ayudaban.  No pude aguantar más actividad y frío (¿Quién se imaginaba que tendría frío en México?  Yo no.) y me acosté temprano en mi sleeping caliente.  Entonces no sé mucho de lo que pasó en la fogata, pero todos me dicen que estuvo muy padre.  Sólo me acuerdo de memorias fragmentadas de gente tratando de levantarme sin éxito o quejándose del frío.

Todos se levantaron tarde la mañana próxima.  Muchos estaban crudos y bien cansados de las cosas que habían pasado la noche pasada, sin embargo nos faltaba la mitad de nuestra excursión y tuvimos que seguir.  Lentamente todos recogieron sus cosas y empezamos a irnos del campamento.

Alguien trajo su camioneta y decidimos que sería una buena idea llevar muchas de nuestras cosas en ella, y también a unas personas suertudas, incluso yo, hasta la tienda en el pueblo.  Resultó que tenían más suerte los que tuvieron que caminar.  El ride fue muy a la mexicana, no sabía que tantas personas podían caber en una sola camioneta.  El trasero todavía me duele y casi me caí hasta mi muerte tres veces.  Por lo menos estoy vivo para contárselo.

Esperamos a todos en la tienda, compramos cosas que nos antojaron, llenamos las botellas de agua y nos preparamos para salir.  Decidí en ese momento que debía probar más rarezas mexicanas que nunca antes había experimentado.  La paleta de mango me parecía muy segura y sabrosa; no tenemos mucho mango en Michigan, pero mi madre anfitriona me lo dio y me encantó.  Me enteré muy rápido que también tenía chamoy.  No entiendo por qué a los mexicanos les gusta la fruta picante y súper salada.  En mi mundo perfecto nunca se mezclarían.  También probé el elote.  Cada tarde en la casa de mi familia anfitriona oigo en la calle el vendedor de elote con su bocina pesada, gritando “elotes” en una voz rarísima.  Nunca lo había probado, pero me interesaba por lo menos.  Tampoco me gustó, la mayonesa y el elote supieron raros juntos.  Pero por lo menos comí dos cosas nuevas, ¿no?

Por fin superamos nuestra inercia e hicimos la vuelta hasta Santiago.  Estuvo mucho mejor que la ida.  Pudimos ver todo lo que nos faltó apreciar por la noche y disfrutamos el cañón bonito en el que anduvimos sin darnos cuenta el día anterior.

En la cima de Puerto Gringo tomamos una foto del grupo, como siempre, y comimos.  Esta vez tuvimos una sorpresa – el cumpleaños de Julius era el 24, y para celebrarlo un día antes Zahyra le llevó un pastelito y cantamos las mañanitas.  Por desgracia él, como todos los extranjeros, no sabía las tradiciones del cumpleaños aquí, y cuando todos le dijeron que tenía que comer el pastel sin sus manos, se confundió y se lo puso en toda su cara.  No creo que algún pedacito de pastel entrara en su boca.  Jaja qué risa, tienen que ver las fotos.

Después de descansar más, nos fuimos para bajar hasta los carros.  Todo estuvo muy bien excepto que perdimos a unos extranjeros y a un mexicano en el proceso.  Pero les encontramos después de un ratito y entonces no pasó nada.  Nos relajamos alrededor de los coches y comimos conchas y tomamos refrescos (¡gracias Nifi!).  Entonces por fin cuando todos estuvimos listos nos fuimos a la pantalla.  Ah, ¡qué buen viaje!

Anuncios

4 comentarios sobre “El Salto

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s